Foto: Fundido en blanco. 

Hablo solo. Respondo a una pregunta que nadie me ha hecho. La pregunta, en apariencia, nada tiene que ver con la terapia. Me pregunto: ¿Por qué respeto tanto los finales abiertos?

Si no conoces el término, un final abierto es aquel que se niega a clausurar la historia, no responde todas las preguntas, no ata todos los cabos, deja algo sin resolver y abandona al espectador en una zona incómoda: la incertidumbre.

La incertidumbre es un territorio sin mapa. No hay rutas; sí hay precipicios, sí hay oasis. Hay riachuelos y charcos con barro. Jilgueros y humildes gorriones. Hay la posibilidad de todas las cosas. Y la posibilidad infinita es siempre fuente de angustia. Otro día lo discuto contigo. Pero mi afirmación es indiscutible.

En el cine existen muchos recursos para producir esa sensación de final abierto: un corte brusco a negro, un fundido a blanco, un fotograma congelado, una cámara que se aleja, un sonido que continúa cuando ya no vemos nada. Son maneras distintas de decir lo mismo: hasta aquí hemos llegado. Lo que ocurra después ya no nos pertenece.

A veces la incertidumbre es un folio en blanco; otras, un folio en negro. También una imagen detenida en un fotograma. Un sonido que se repite, el zumbido de un ventilador, el motor del frigorífico… un ruido que amortigua la sensación de que todo está quieto, que la historia continúa, pero sin nosotros.

Los finales abiertos que anuncian descaradamente una secuela no me interesan. Son solo una promesa comercial. Yo hablo de otra cosa. De películas que terminan porque el tiempo se acaba, películas que aceptan que no todo puede resolverse, películas que confían en la inteligencia del espectador. Me gustan porque exigen madurez. Obligan a convivir con la duda, a aceptar que no siempre existen respuestas. Postulan que es necesario reconocer que hay cosas que jamás comprenderemos del todo. Y eso de no comprenderlo todo se parece mucho a la vida.

Fuera de la ficción, las historias casi nunca se cierran. Terminan. Que no es lo mismo. Las relaciones terminan. Los trabajos terminan. Las amistades terminan. Las personas mueren. Pero pocas veces obtenemos una explicación completa de lo sucedido. Incluso cuando creemos haber entendido algo, siempre queda una parte en sombra. Algo que se nos escapa. Algo que nunca sabremos.

Por eso siento que existe una dimensión ética en el arte que no pretende explicarlo todo. Es una forma de respeto. Respeto por la complejidad de la realidad. Respeto por la inteligencia del espectador. Aceptar la rendición ante el hecho de que siempre existe una zona que está oculta, debajo, no accesible. No todo se ve. No todo se descubre. Ni siquiera en terapia.

Sé que una película me ha marcado cuando sigo pensando en ella tres días después, cuando vuelvo mentalmente a aquello que el director decidió no mostrar, a aquello que fue sugerido en lugar de explicado. Me ocurre también con determinados actores. Los mejores suelen trabajar desde la omisión. No lo enseñan todo. No muestran toda la gestualidad de su registro. En la vida real, tampoco mostramos todos nuestros gestos. Contenemos; por eso admiro más el arte que contiene lo que podría mostrarte con alarde. Por eso me genera simpatía el ser humano que en ocasiones decide contenerse. Aceptar que su gestualidad caerá en saco roto, que en el fondo mostrarla es de muy mal gusto.

Siempre el non finito. 

En las novelas existe una parte no escrita. La llamamos subtexto. Entrelíneas. Silencio. Es aquello que no está, pero está. Decir sin decir. Mostrar sin mostrar. Escribir sin escribir. Ahí vive buena parte del arte.

También en pintura. Me gusta la línea inacabada. La mancha antes que el dibujo cerrado o, lo que es peor aún, perfectamente delineado. La sugerencia antes que la demostración. Siempre el non finito. Es esa decisión consciente de detenerse antes de completar la obra, porque llega un momento en que todo lo esencial ya está contado, y seguir trabajando puede transformarse en exhibición. Es narcisismo técnico. La pintura no es fotografía.

Pienso que la obra debe ser grande y el artista pequeño. Que el arte debería señalar hacia algo más importante que la habilidad del propio autor.

Vuelvo al cine. Las películas terminan cuando se termina el tiempo, no cuando se resuelve la trama en su totalidad. A veces el cierre es un fundido a negro. Otras, un fundido a blanco. Otras, un fotograma congelado. Tres formas distintas de recordarnos la misma verdad: la historia continúa, solo que ya no estaremos allí para verla.

La vida, la narración, no termina en el momento en que todo encaja y el protagonista recibe su premio o su castigo. Termina, y nada se cierra. Termina y nadie recibe su merecido.

Todos dejaremos cosas sin terminar. Platos sin fregar. Libretas a medias. Conversaciones pendientes. Palabras que nunca llegaremos a decir. Historias que nadie concluirá.

Quizá madurar consista, en parte, en aceptar ese absurdo. Aceptar que nada se cierra. Y que todo termina. Son dos cosas diferentes.

Las personas rara vez reciben lo que creen merecer, porque merecer es una idea peligrosa. La realidad no reparte premios con justicia. A veces el esfuerzo no obtiene recompensa. La bondad no recibe gratitud. La lealtad no encuentra reciprocidad. El amor puede ser rechazado con la misma facilidad con la que alguien aparta un plato porque ya no tiene hambre. Hay gente que se deja amor en el plato.

Lo roto está roto

Una chica («que es más buena que el pan») en consulta me dice:

Necesito pasar página. No avanzo. No consigo sacarme esta historia de la cabeza. Pienso todos los días en el día que me dejó, cuando me devolvió mis cosas. ¡Cuánta rabia! No entiendo que pudiera hacerme eso a mí. Yo no estaba bien y él lo sabía. Después de todo lo que había hecho por él. No entiendo tanta frialdad.

Anoto en expediente:

Herida de traición. Herida de insuficiencia. Herida narcisista.
Está detenida en aquel día.

Como ella ve que apunto lo que dice, guarda silencio porque es muy respetuosa. Le digo: estoy apuntando que ahí se te reabren algunas heridas. ¿Te acuerdas de que hablamos de heridas en la sesión anterior? De las heridas «t» minúscula y T «mayúscula».

No me responde:

Es todo muy absurdo. Pero no puedo olvidar ese día. Fue amable, me dijo que cuando estuviera lista, podía llamarle. Pero yo no… Lo único que no quiero es que ahora me escriba un mensaje por mi cumpleaños, como si fuese una persona cualquiera. Como si se hubiera olvidado de quién soy yo. Esa idea me obsesiona, no quiero que me escriba.

Ella sigue en ese día, se ha olvidado de la pregunta que acabo de hacerle, y me pregunta:

¿Puedo contarte un sueño? Ya sé que tú no haces esas cosas.

Le digo que sí. Que me lo cuente. Necesita contarlo.

Y continúa:

Ayer soñé con él. Paseábamos por un parque. Comíamos un helado. Luego estábamos tumbados en una playa. Era una playa de un viaje que hicimos juntos. En aquel viaje fui feliz. Hay fotos de ese día. No dejábamos de sonreír.

Cuando me desperté fue horrible. Abrí los ojos y sentí un dolor insoportable. Ese chico me rompió por la mitad. Y sigo sin entender nada. Acepto que no me quiera, pero en el fondo no lo acepto, es como si yo creyera que podemos volver a esa playa. Pero sé que no se puede. Y no quiero volver. Pero no consigo pasar página… sigo con esa foto en mi cabeza. Con la foto de la playa.

Cuando me desperté encendí el ordenador y vi las fotos. Y me acordé de una frase que dice siempre mi madre. «Las fotos son mentira».

Siempre me fastidia cuando lo dice. Lo repite hasta la saciedad. A veces, cuando hacemos una foto, me mira y me lo dice sin palabras, como una actriz que sabe que lo mejor es actuar lo menos posible. Me fastidia la frase porque es verdad. Las fotos son mentira.

Anoto en expediente:

• Me cuenta un sueño donde era feliz con él.
• Escena de una playa, de un viaje. (Llora).
Las fotos son mentira (frase de la madre). Le irrita, pero acepta esa verdad.
• La foto.

Pienso, pero no anoto. En las historias de amor siempre hay playas.

Me cuenta más cosas, anoto más cosas y termina el tiempo de la sesión.

La chica me deja pensando y pienso que buena parte del sufrimiento humano nace de la necesidad de cerrar. Necesitamos explicaciones. Necesitamos finales. Necesitamos comprender. En consulta aparece una y otra vez la esperanza de cerrar definitivamente aquello que dolió. La muerte de un padre. La muerte de una madre. La muerte en vida de un amor. La muerte de una etapa vital. El ataque, el abandono, el desdén de quien amamos. El arponazo.

La consulta es un lugar para la ternura. Creo profundamente en la ternura del terapeuta. Escucho el deseo inocente de olvidar. La fantasía de borrar. La fantasía aún más naif de empezar de cero. ¡No se puede empezar de cero! No podemos volver a ser bebés. No podemos regresar a la playa, ya lo dijo el filósofo griego Heráclito de Éfeso: «Nadie se baña dos veces en el mismo río». Río o playa es lo mismo.

¡Cerrad! ¿Cerrar qué? ¡Sanad! ¿Sanar qué?

En sesión y aquí intento sembrar una idea. ¿Nos estamos pidiendo un imposible? Olvidar. Sanar. Cerrar. Quizá exista otro camino. Quizá la alternativa no sea cerrar la historia. Quizá sea aceptar que permanece abierta.

Aceptar que ciertas ausencias no terminan de desaparecer. Aceptar que el recuerdo se instala en nosotros. Que quizá esa chica que es más buena que el pan siga soñando con él muchos años más, y así es la vida, y la vida está bien. Aceptar que años después sentirá rabia un día en mitad de la calle sin saber por qué. Que muchas de sus decisiones tendrán que ver con él. Que ya no se puede hacer como si nada hubiera pasado. Que las playas la sumergen en una dulce pena y que esa pena forma parte de estar viva. Que no hay que sanar esa pena. Que no se puede cerrar esa historia.

Los recuerdos importantes no están escritos a lápiz. No somos discos duros llenos de archivos eliminables. Somos cuerpos. Y los cuerpos guardan cicatrices. La cicatriz es el souvenir del dolor porque el dolor también necesita ser recordado.

Algo se ha roto. Ya nada volverá a ser como antes. No es posible volver a esa playa.

El final de la historia de la chica que es más buena que el pan es el principio de otra: Sigo viva. Sigo. Y él seguirá vivo, pero ya no estará ella para verlo.

La posibilidad se abre como un erial infinito.

Con charcos y riachuelos. Con jilgueros y humildes gorriones.

Quizá, solo quizá, ella aprenda a diferenciar un precipicio de un acantilado.

Quizá.

Fundido en blanco.

Solo se oyen olas golpeando las rocas. Canta un jilguero, casi ni se oye, pero canta un jilguero. 

Lo roto, aunque lo reparemos con pegamento de oro, sigue roto. Nosotros lo sabemos. Aunque nadie más lo vea. Aunque proclamemos que ya no nos duele. Aunque digamos que en el fondo ese chico nos hizo un favor. Que eres «la reina del baile» (que no lo eres), que has perdido diez kilos que te sobraban (que no te sobraban). Da igual. La cicatriz te picará. Él no te eligió.

Da igual que otro te elija, da igual que ya no necesites ser elegida. Él no te eligió y en ese momento sí que lo necesitabas. Aceptaras o no la banalidad de la existencia. Aceptarás que todo es un drama y nada lo es. Aparecerá, quizá, como un fogonazo, una luz blanca. El blanco brillante de la lucidez.

Todos moriremos con la piel marcada, como la de Moby Dick. Somos, con suerte, viejas ballenas blancas. Sobre nosotros quedarán las huellas de las pérdidas y los golpes. Los arponazos que no nos pudieron matar. Más años, más cicatrices. La miseria de la piel, la riqueza de la piel.

Muramos viejos, muy viejos. Aceptemos las heridas. El picor de la cicatriz. La piel siempre es más dura de lo que creemos. La piel aguanta. Se curte. Pica.

Fundido en negro

Respondo la pregunta del inicio. A veces pienso que el cine de los finales abiertos nos prepara mejor para vivir que el cine de las respuestas. Porque vivir consiste en convivir con el «no sé» y con el dolor. Todos los viejos tienen dolores. A todos los viejos les duelen los pies, las caderas y los años. Está bien así.

Durante décadas hemos consumido historias donde todo se resuelve, donde todo encaja, donde todo tiene sentido. Hemos confundido esa estructura narrativa con la realidad. Pero la realidad no funciona así. Casi nada se cierra. Muchas cosas que nos suceden carecen de sentido. Y ni mucho menos obtenemos siempre lo que creemos merecer. Que no te engañen los gurús que llenan estadios.

Escena final:

Yo tecleando.

Tú leyendo.

Fundido a negro.

El sonido del ventilador.

Nada se cierra.

Todo termina.

El final, a veces, es el principio de no se sabe qué.

Coixet, I. (Dir.). (2023). Un amor [Película]. Perdición Films; Buena Vista International.

 

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Soy Experto en Psicoterapia Breve Individual y de Pareja. Licenciado en Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y Master en Sexología por la Universidad de Alcalá. Estoy acreditado oficialmente como Psicólogo Experto en Coaching (PsEC)® Nº 69 Madrid. Hago Psicoterapia Breve Centrada en Soluciones en consulta privada, doy clases y escribo. Si quieres más información estaré encantado de atenderte.

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