Como frustrado notario doy fe de una frase que es verdad y que canta Iván Ferreiro: El equilibrio es imposible.

Son muchos los alambres que nos toca atravesar en la vida. El alambre es fino y es necesario repartir el peso del cuerpo al 50 % aproximadamente. Y digo aproximadamente porque no pasa nada por tambalearse un poco, la cosa es no caerse y si lo hacemos que no sea desde muy alto.

Si pienso en equilibrio me viene a la cabeza los teatrales pasos del funambulista, los brazos extendidos y el bamboleo que lleva nos el corazón a la boca.

Estar siempre equilibrado no es viable, y me atrevería a decir que tampoco es “saludable”; en el desequilibrio hay aprendizaje y la mente se fortalece, los músculos se tensan.

Todos estamos algo desequilibramos incluido este humilde psicólogo. Que nadie se ofenda. Pido perdón y me incluyo, para equilibrar la brusquedad de la frase anterior.

Os quiero hablar de desequilibrio «no clínico», no patológico y luego hacer un poco de mala prensa sobre la empatía (que ni es tan guay, ni mola tanto).

Intentaré no salirme de mi línea argumental. Intentaré mantener el equilibrio, entre el chascarrillo pertinente y el excurso. Entre decir algo inteligente, pero sin pasarme de listo.

En muchos momentos de la vida nos preguntamos si nos hemos comportado de manera adecuada entre los dos extremos posibles.

Cuando escribimos podemos borrar, acabo de hacerlo, para buscar una frase que me permita decir lo que quiero, pero no crearme enemigos.

En la vida actuamos y no podemos decir eso de corten, y repetir la escena. Lo hecho, hecho está…y nos preguntamos ¿me he pasado? ¿me he quedado corto? ¿he estado fuera de lugar? ¿me he salido del tiesto? ¿soy malo? ¿me paso de bueno?

Los extremos más paradigmáticos son el amor y el odio, el bien y el mal, la amabilidad y la hostilidad, la inocencia y la picaresca, la empatía y la frialdad…

Entre ser un sin sangre y estar en constante taquicardia, hay lugares agradables y seguros.

Incluso se puede vivir con “fluses” de ansiedad que te dejen sin aliento. No pasa nada si no son muchos y no nos asustamos demasiado, no hace falta medicación, ni consultar con un psicólogo.

Lo mismo pasa con la tristeza, no pasa nada por pasar una mala racha, el peligro es quedarse a vivir en ella, e izar la bandera de la desolación como diría Sabina.

Si hablamos de educar a los hijos, encontraríamos la bondad entre la negligencia y la sobreprotección.

En comunicación existe un punto medio entre la parquedad de las palabras y la verborrea.

Entre que el trabajo se convierta en un todo y que sea la nada, existe un término medio donde el trabajo sea algo (ni todo, ni nada).

En la pareja podemos encontrar un vínculo seguro, situado entre el vínculo frío y el dependiente. Dicho de otra manera, entre “mi vida eres tú y solamente tú” y “me importas una mierda”, hay lugares donde hacer el amor y acompañarse.

Los Suaves dicen eso de ¿Quién no hizo alguna vez, locuras por una mujer?

Y sí, casi todos hemos hecho el idiota, pero entre hacer el idiota y ser un idiota, también hay un punto medio.

Aurea mediocritas («dorado término medio», o «dorada medianía» o «moderación») es una expresión latina que alude a la pretensión de alcanzar un deseado punto medio entre los extremos. La virtud siempre es una pretensión.

Termino con una invitación al aurea mediocritas, una actitud entre la empatía absoluta y ser un psicópata sin corazón.

Muchas veces en las sesiones de psicoterapia breve, para buscar factores de protección, construimos una especie de mantra o recordatorio del tipo:

  • Ojo con la empatía.
  • Mucha empatía, poca diversión.
  • Empatía «go home» .
  • Empatía «pa» tu tía.
  • La empatía, para el psicólogo.

Lo importante es no olvidar la idea. Si el cliente es fan del Señor de los Anillos, escribimos en un post-it: La Comarca está en la Tierra Media o Un exceso de empatía es Mordor. Los frikis (como yo), entienden lo que acabo de escribir.

Pero, ¿Por qué semejantes recordatorios de peligro?

Porque la empatía, ponerse en el lugar del otro, a veces puede dejarnos maniatados en la defensa de nuestra felicidad y de nuestros deseos y derechos.

Un exceso de empatía puede llevarte a comprenderlo todo, a justificarlo todo, a tragar carros y carretas, ya que el otro tiene motivos biográficos que podrían explicar su conducta.

  • Mi pareja me quiere, lo que pasa es que se lo traga todo, no sabe expresar emociones, hasta que estalla.
  • Mi madre lo ha pasado muy mal con mi padre, y necesita contar lo que pasa; a mi me carga, pero no le digo nada.
  • Tiene un problema de alcohol, si no fuera por eso…
  • Su infancia fue muy dura, no le puedo pedir que entienda…
  • Viene de una relación anterior muy complicada y…

Un exceso de empatía se convierte en un pozo de arenas movedizas donde hundirse.

Por eso es importante recordar que, para relacionarse con los padres, con los hijos, con las parejas, con los amigos, en el trabajo…hace falta un nivel de empatía de 5 sobre 10, más menos uno.

No te pases de empático, de psicólogo compresivo, de justificador de lo que te daña…

Recuerda que siempre existe un lugar, un muro maravilloso donde sentarse a contemplar los dos lados.

Se puede bailar un bolero, pero la vida no puede serlo.

Si tú me dices ven, yo termino mis cosas y luego veo si voy a verte.

Texto y foto: Miguel Roa

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Soy Experto en Psicoterapia Breve. Licenciado en Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y Master en Sexología por la Universidad de Alcalá. Estoy acreditado oficialmente como Psicólogo Experto en Coaching (PsEC)® Nº 69 Madrid. Hago Psicoterapia Breve Centrada en Soluciones en consulta privada, doy clases y escribo. Si quieres más información estaré encantado de atenderte.

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